NUEVA YORK (AP) — En su apartamento de Manhattan, Karen Matthews alistaba a su hija de 3 años para ir al preescolar el 11 de septiembre de 2001 cuando oyó un fuerte estruendo, muy distinto a cualquier cosa que hubiera escuchado antes.
Con su hija en brazos, salió a la calle. A su alrededor, la gente miraba hacia arriba, en dirección a un tajo en la torre norte del World Trade Center y al humo que salía del edificio a pocas manzanas de su casa.
“¿Qué es lo que vio? ¿Qué es lo que vio?”, se preguntaban las personas unas a otras. Matthews, reportera de The Associated Press, empezó a hacer la misma pregunta mientras intentaba sacar su libreta y anotar lo que la gente presenció, todo sin dejar de cargar a su hija.
Matthews había planeado dejar a la niña en la escuela antes de ir a trabajar para cubrir las elecciones primarias de Nueva York. En cambio, ella y otros periodistas de la AP se encontraron repentinamente documentando los ataques del 11 de septiembre al tiempo que los vivían en carne propia.
Veinticinco años después, cuentan lo que vieron.
Al principio, nadie sabía qué sucedía
De camino a la calle, Matthews se cruzó en el vestíbulo de su edificio con una mujer que lloraba. Algunos pensaban que una avioneta había chocado accidentalmente contra la torre.
Entonces vio una “gran bola de fuego” surgir de la torre sur cuando el segundo avión secuestrado impactó contra ella.
“Quiero ir a la escuela, quiero ir a la escuela”, pidió su hija entre sollozos.
“Fue entonces cuando todos supimos que nos estaban atacando”, explicó Matthews.
A pesar de ello se dirigió hacia la escuela, hasta que vio a los maestros tomar a los niños y correr hacia el norte, muchos de ellos llorando. Llevó a su hija de vuelta a casa, decidida a ponerla a salvo, y sintonizó a Barney en su televisor.
Luego escuchó dos estruendos más, increíblemente fuertes: primero se derrumbó una torre y después la otra. Casi 3.000 personas murieron en el World Trade Center, en el Pentágono y en los cuatro aviones secuestrados por extremistas de Al Qaeda.
Veinticinco años después, Matthews —ya jubilada— aún divide su vida en un antes y un después del 11 de septiembre.
“No soy una persona que se asuste fácilmente”, apuntó. “Pero pierdes la sensación de seguridad cuando ocurre algo así”.
“Estoy convencida de que ayudó el ser parte de narrar la historia de lo que sucedió”, agregó.
La cámara se convierte en un muro
Las calles del Bajo Manhattan estaban llenas de humo y escombros cuando Richard Drew salió del metro en la estación de Chambers Street y vio las Torres Gemelas en llamas.
Originalmente, lo que le habían encargado para aquel día era cubrir la jornada inaugural de la Semana de la Moda, un torbellino de glamour, modelos y pasarelas.
Empezó a tomar fotografías. Ceniza gris y hollín cubrieron su ropa, su rostro y sus cámaras.
Un trabajador médico de emergencias señaló hacia arriba y dijo: “Mira eso”. Personas se precipitaban al vacío desde las torres en llamas.
“No sé si saltaban o si el fuego las obligó a salir”, destacó Drew.
Él las fotografió. Una de las imágenes llegó a conocerse como “El hombre que cae". Muestra a un hombre solo que cae de cabeza, su cuerpo casi alineado con las líneas verticales de las torres. La fotografía apareció en algunos periódicos al día siguiente, pero otras publicaciones la rechazaron, ante el temor de que los lectores la encontraran demasiado perturbadora.
Drew aún piensa en esa foto —y en el hombre no identificado que retrató en ella— al menos una vez a la semana.
“Cuando estoy en una situación como la del 11 de septiembre, entro en modalidad de fotógrafo profesional y me concentro en lo que sea que ocurre frente a mí”, explicó Drew, quien también fotografió el asesinato de Robert F. Kennedy en 1968.
Contó que su esposa dice que su cámara es un “muro”, un filtro entre el fotógrafo y la realidad que captura.
“Supongo que estoy en fase de negación sobre si esas cosas realmente me afectaron”, agregó.
Las sillas de ruedas permanecieron vacías
El polvo de las torres pulverizadas caía “como una tormenta de nieve” cuando el periodista Larry Neumeister de la AP llegó a un hospital cercano a la Zona Cero aquella tarde.
Médicos y enfermeros se congregaban en el exterior, y filas de sillas de ruedas y camillas aguardaban en la entrada. El personal se preparaba para recibir un flujo constante de sobrevivientes heridos, posiblemente miles, refirió Neumeister.
Pero pasaron las horas.
“Quedó claro que no se iba a traer a nadie más”, agregó.
Aproximadamente a la medianoche, Neumeister pasó por la zona del World Trade Center. Un médico le dijo: “O bien se fueron a pie de este sitio o se alejaron corriendo de los edificios del World Trade Center cuando se derrumbaron, o ya habían muerto. No hubo término medio”.
Reconoció la voz de su padre
Jeremy Brown, periodista de la AP que entonces tenía 26 años, videogrababa cerca del World Trade Center cuando escuchó un estruendo profundo. Un bombero corrió hacia él y le gritó: “¡Coge tu cámara y sígueme!”
Brown lo siguió hasta el muelle de carga del edificio 7 del World Trade Center mientras una enorme ola de escombros se aproximaba. Se refugiaron en una habitación cuando el edificio quedó a oscuras.
“Uno podía sentir el calor que emanaba de los escombros. Se podía oler”, recordó Brown.
Cuando cesó el estruendo, avanzaron a tientas por la oscuridad hasta encontrar una salida de emergencia. Brown se cubrió el rostro con su camiseta y comenzó a videograbar.
“¡Jeremy!”, oyó gritar a alguien de repente. Era su padre, quien trabajaba cerca de allí.
“Fue simplemente increíble. Fue como sacarme la lotería”, expresó Brown.
Al no haber cobertura de telefonía móvil, la madre de Brown no sabía si alguno de los dos había sobrevivido. Padre e hijo permanecieron juntos ese día; su padre cargó la bolsa de la cámara de Brown, que contenía cintas y baterías adicionales.
“Como camarógrafo ese día, miraba a través del visor y veía todo en blanco y negro, y sabía que estaba videograbando historia”, comentó Brown. “Pero cada vez que levantaba la vista y miraba hacia arriba como ser humano, podía ver la devastación, el dolor, y sabía que el mundo nunca volvería a ser igual”.
Su entrenamiento se impuso
Se suponía que el 11 de septiembre era el día libre de Amy Sancetta.
La fotógrafa de la AP, quien vive en Ohio y ahora está jubilada, había permanecido en Nueva York tras cubrir el Abierto de Estados Unidos cuando su editor le llamó: una avioneta había chocado contra una de las torres. Tenía que dirigirse al Bajo Manhattan.
Sancetta se percató de que no sabía dónde estaban las Torres Gemelas. Tomó un taxi y le pidió al conductor que la llevara lo más cerca posible.
Aproximadamente a manzana y media de distancia, Sancetta fotografiaba la torre sur cuando comenzó a desplomarse.
“Lo más extraño que me pasó por la mente en ese momento fue una especie de memoria muscular, como cuando cubres un partido de baloncesto”, expresó.
Cuando la nube de escombros avanzó hacia ella, Sancetta corrió a refugiarse en un estacionamiento. En una escalera se topó con una mujer que lloraba, la cual había logrado escapar de las torres y quería llamar a su hijo. Sancetta la abrazó y buscó su teléfono móvil. Le temblaba la mano. No había señal, por lo que Sancetta anotó el número del hijo y prometió llamarlo.
Al salir a la calle, todo se veía blanco, “como cubierto de nieve, pero no era nieve”. Los gritos y el estruendo de las pisadas apresuradas habían dado paso al llanto y los sollozos. Hojas de papel de las oficinas flotaban en el cielo “como aves”.
“Desearía haber fotografiado eso”, destacó Sancetta. “No lo hice, pero puedo verlo; lo veo justo ahora”.
Veinticinco años después, sostuvo un periódico del 12 de septiembre que muestra las torres en llamas que ella fotografió.
“Pesadilla”, reza el encabezado.
Ahora frente a sus ventanas hay un bosque. Pero aún recuerda el sonido del derrumbe de la torre: “simplemente sobrenatural”.
“Como periodista, me alegra haber estado allí”, agregó Sancetta. “Pero como ser humano, desearía haberme ido a casa el lunes”.
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Willingham informó desde Boston. Los periodistas de la AP Nathan Ellgren, desde Washington, y Mike Householder en Cleveland contribuyeron a este despacho.



