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Reseña: "The Cat in the Hat" eleva tanto las apuestas que corre peligro

RESEÑA-THE CAT IN THE HAT
Esta imagen, difundida por Warner Bros. Pictures, muestra, de izquierda a derecha, a Gabby, con la voz de Xochitl Gomez, al Gato con Sombrero, con la voz de Bill Hader, y a Sebastian, con la voz de Tiago Martinez, en una escena de "The Cat in the Hat". (Warner Bros. Pictures via AP)
Warner Bros. Pictures via AP / Uncredited

Quienes están detrás de la nueva película animada “The Cat in the Hat” ("El gato en el sombrero") están bastante seguros de que tienen el asunto en el bolsillo. Ni siquiera ha estrenado todavía y ya hay referencias en pantalla a posibles derivados cinematográficos del sofá mágico a reacción y de Los Cosos. Mientras corren los créditos, el felino titular incluso se suma al juego: “¡Vamos por la secuela!”

Probablemente tenga razón en eso, es una franquicia inevitable nacida a partir de una propiedad intelectual caprichosa y querida que ahora recibe el tratamiento del Universo Cinematográfico de Marvel: poner el destino del mundo en la balanza, insertar un enemigo espantoso y añadir un montón de cosas — en este caso decenas de Cosos — hasta que solo queramos que se acabe. Para citar al mustio pez dorado del libro: “No, no me gusta/ni un poquito”.


Dirigida por Erica Rivinoja y Alessandro Carloni, quienes también escribieron el guion, “The Cat in the Hat” es lo que ocurre cuando se le arroja muchísimo dinero a una película con resultados mediocres. (Hablamos de dinero al nivel de Taylor Swift, gracias al uso de su “Shake It Off”.)

Al menos se distancia del enfoque de acción real de la fallida y espeluznante película de 2003 protagonizada por Mike Myers, y en su lugar utiliza animación por computadora estilizada y variada. Bill Hader ahora le da voz al Gato, con su característico tono sarcástico, demente y pegajoso. Eso sí: el Gato aparece con dientes, y eso inquieta.

Conocemos al Gato después de que ha fracasado estrepitosamente en su misión más reciente. Resulta que trabaja para un reluciente conglomerado corporativo que envía emisarios para animar a los niños en sus casas. Incluso hay un departamento de recursos humanos y cubículos de oficina, nuestro Gato anárquico convertido en burócrata.

Aquí las misiones se evalúan con dos medidas: un repunte esperanzador en la felicidad de los clientes y el nivel de destrucción que queda detrás. El Gato es bueno en lo primero, pero malo en lo segundo. Se enfrenta a ser despedido a menos que tenga éxito en su siguiente tarea: animar a dos niños deprimidos cuya madre soltera los mudó recientemente a la ciudad.

Cuando aparece, Gabby, la mayor, lo rocía rápidamente con gas pimienta. Ella es una nerd que toca en la banda de marcha con gafas enormes y un “alma creativa y artística”. Ella cree que se trata de una invasión de hogar y quiere llamar a la policía. Esta reacción no es canónica.

El Gato tiene que convencer a Gabby y a su hermano menor, Sebastian, de divertirse, y si hay algún daño, ha robado un dispositivo de suministros de oficina, un “regresador” con forma de reloj, que puede deshacer el pasado. Pronto lo pierden. Nuestro héroe dice: “No puedo creer esto y soy un gato que habla”.

Entonces la cosa escala a niveles enormes, con una misteriosa criatura malvada de ojos brillantes — un cruce entre un murciélago enorme y un pterodáctilo dentudo — que también está cazando el dispositivo. Si lo encuentra, “la trama del universo se distorsionará para siempre”. Uf. ¿Qué pasó con: “Sé que está mojado y que el sol no está brillando, pero podemos divertirnos mucho de una forma divertida”?

El pez dorado está aquí, Matt Berry, adueñándose de la película, como un pez con acento inglés, un tipo pseudo-shakespeariano y afectado llamado Waffles. ¿Waffles? Y hay Cosos por montones, durante la escena culminante de batalla — sí, hay una escena de batalla — debe de haber miles de Cosos. Pero ni una sola rima, una lástima.

La animación está resuelta de maravilla, con tres estilos distintos para diferentes mundos. (Como diría el libro: “Mis trucos no son malos”). Y las voces están perfectamente elegidas: Giancarlo Esposito como el malvado jefe del Gato, Bowen Yang como un pasante y Paula Pell como una casera destacan.

El mensaje es confuso. Uno es que siempre debes defender a un amigo. Otro es que tus padres, sorprendentemente, alguna vez fueron geniales. Un tercero es que el hogar es donde tú quieras que sea. Y un cuarto es que hacer un desastre es la mejor parte de la infancia.

No tenía por qué ocurrir este desastre con “The Cat in the Hat”. No tenía por qué incluir un posible desgarro en el continuo espacio-tiempo. No tenía por qué inundar la zona de Cosos. Y no necesita una secuela, por favor.

“The Cat in the Hat”, un estreno de Warner Bros. Pictures Animation tiene una clasificación PG (que sugiere cierta orientación de los padres) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por “acción, algo de peligro, lenguaje leve y humor grosero”. Duración: 107 minutos. Una estrella y media de cuatro.