SANTIAGO (AP) — Es mediodía de un jueves. En el corazón de Santiago decenas de negocios se ubican en fila en los pasillos que circundan la Plaza de Armas. Allí todos venden la especialidad culinaria más democrática de Chile: el completo.
Durante décadas este perrito caliente fue uno de los alimentos más accesibles del país, pero en un contexto de debilidad económica, aumento del costo de vida e incertidumbre, incluso los populares bocadillos han sentido las consecuencias. Muchos encuentran en ellos una opción para ahorrar, pero otros acusan la vertiginosa suba de precios en el país a través de este sencillo plato.
“Hace no mucho yo pagaba 2.500 pesos (2,6 dólares) un completo, ahora ya te salen 3.500 o 4.000 (3,6 o 4,1 dólares)", dijo a The Associated Press Antonia Bravo Bustamante, una estudiante de 21 años.
Los datos oficiales divulgados en septiembre confirmaron que Chile está al borde de una recesión tras acumular dos trimestres de contracción económica. A eso se suma una tasa de desempleo de 9,5% —el nivel más alto en el último lustro— y una aceleración de la inflación por encima del 4% en el último año, presionada sobre todo por los precios del combustible y los alimentos.
Ello llevó a que el Banco Central recortara drásticamente las proyecciones de crecimiento para este año —desde el 1%–1,75% previsto anteriormente al 0,25%-0,75%— y que su presidenta, Rosanna Costa, alertara que "no puede descartarse que la debilidad actual sea más persistente que lo previsto”.
Favorito nacional
Fue en uno de esos pequeños locales del centro santiaguino donde nació el completo, la versión chilena del perrito caliente, en los inicios de la década de 1930. Además de la salchicha, el hermano latino del “hot dog” lleva chucrut, tomate y mayonesa casera preparada a base de papas. Con el tiempo se fueron incorporando otros ingredientes como la palta, convirtiéndolo en una comida completa —de ahí su nombre—.
“En ese tiempo la gente no era tan pudiente, no tenía tantos recursos y venía acá a los completos”, contó Guillermo Cid, encargado del restaurante creador del plato. “Actualmente es lo mismo. Mucha gente en vez de comerse un plato de comida pasa y se sirve un completo”, agregó.
De acuerdo con datos del Ministerio del Desarrollo Social, en agosto la canasta básica de alimentos fue de 92.327 pesos (poco menos de 100 dólares), un 5% más cara que hace un año en un país donde el salario mínimo es de 553.553 pesos (unos 580 dólares). El país también ha sentido el impacto del alza de los combustibles producto de la guerra en Medio Oriente.
Esta combinación “se traspasa a la inflación y genera una merma de poder de compra en los hogares” y va “configurando un escenario en el cual la confianza... se deteriora”, expresó la presidenta del Banco Central en una rueda de prensa.
Cuando la alimentación es un lujo
Con la vida más cara y los recursos más escasos, los chilenos están buscando formas de conservar su poder de compra a través de recortes en áreas estratégicas como la alimentación.
“Todo lo que es producto básico no ha parado de subir”, señaló el profesor Mauricio Aravena. “Salir a comer siempre ha sido un poco un lujo, pero ahora más”.
Incluso una reunión entre amigos se ha convertido en sinónimo de opulencia.
“Respecto del año pasado, con mis amistades antes podíamos planear más salidas afuera y hoy en día es más quedarse adentro, cocinar en casa", afirmó la profesora Tabata Martinich. “Hay que hacer más cuentas, todo está mucho más costoso”.
Y si por un lado el encarecimiento del costo de vida viene a galope, por otro los trabajadores apuntan que los salarios no acompañan la inflación. “Las cuentas están más costosas en general y no son reajustes que vienen de acuerdo al sueldo”, agregó Aravena. ”Estamos como unos cinco años desfasados” en los salarios.
Crece la frustración
En un intento por hacer frente al deteriorado escenario económico y laboral, el presidente José Antonio Kast, quien asumió las riendas del país en marzo, ha lanzado una agenda de reactivación económica para fomentar la inversión y el empleo. Sin embargo, tiene el desafío de lograr que esta reforma no sólo se traduzca en mejores cifras macroeconómicas, sino que también llegue al bolsillo de los ciudadanos.
“Las expectativas se están transformando en frustración”, apuntó el analista Guillermo Holzmann. “A pesar de haber avanzado en la aprobación de inversiones importantes, estas inversiones no se han materializado a la velocidad que se requieren”.
Esta semana Kast reconoció el complejo panorama al destacar que "tenemos una situación inflacionaria más alta de la que esperábamos y un nivel de crecimiento más bajo del proyectado”.
Por ello convocó una reunión con ministros y líderes de los partidos oficialistas en la que instruyó la elaboración de un plan de “emergencia laboral” que deberá ser presentado en las próximas semanas.
“Todos coincidimos, y el presidente también, en un foco respecto a empleo, a costo de la vida y claramente cómo tenemos que hacer esfuerzos desde todos los sectores”, expresó a periodistas la senadora Andrea Balladares, presidenta del partido oficialista Renovación Nacional.
Estas medidas deberán complementarse con otras, entre ellas la recién aprobada reforma económica y tributaria que todavía no fue ratificada debido a que el Tribunal Constitucional analiza requerimientos de la oposición presentados en su contra.
La reforma engloba iniciativas como la rebaja de impuestos a las grandes empresas, la eliminación de la doble tributación para incentivar la inversión privada y la implementación de compensaciones económicas para compañías que tengan proyectos rechazados por preocupaciones ambientales, entre otras.
También prevé el denominado derecho al olvido financiero, que busca limitar la consideración de ciertas deudas antiguas en las evaluaciones crediticias y la prohibición del anatocismo —el cobro de intereses sobre intereses—.
El Ejecutivo corre contrarreloj para traducir las iniciativas de mediano y largo plazo en acciones concretas que “tengan resultados directos en los bolsillos de los ciudadanos” en una nación donde “terminar el mes cada vez se hace mucho más difícil”, evaluó Holzmann.
“Hay una incoherencia del punto de vista del ingreso que tienen los consumidores con el precio de los productos en los puestos de venta”, completó el analista. “Y la frustración social es el primer caldo de cultivo para la conflictividad en un país”.




