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Les pagan por hacer llover. Si eso no ocurre —o si hay inundaciones—, puede haber violencia

HACEDORES DE LLUVIA
Un hacedor de lluvia de una aldea en las montañas de Lopit muestra las piedras sagradas que se utilizan en los rituales para atraer la lluvia, en Sudán del Sur, el jueves 24 de julio de 2025. (AP Foto/Joseph Falzetta)
AP Photo/Joseph Falzetta / Joseph Falzetta

NAMISINDWA, Uganda (AP) — Los agricultores que dieron dinero a David Nabutsilili para que invocara lluvia enfurecieron cuando cayó tanta agua que sus huertos terminaron inundados. Lo persiguieron por las colinas y sólo se detuvieron cuando el hombre cayó sobre una roca y se fracturó el fémur. Ese fue su castigo.

Dieciséis años después, el invocador de lluvia todavía siente dolor en la pierna. Pero muchos de quienes lo persiguieron aún acuden a él habitualmente en busca de ayuda espiritual cuando necesitan que llueva —especialmente durante la temporada de siembra—, pero también cuando requieren que las precipitaciones cesen. Si no logra cumplir con sus expectativas, debe huir de su hogar durante un tiempo por su propia seguridad, comentó Nabutsilili a The Associated Press durante una entrevista en su aldea, en el este de Uganda.


“La gente nos golpea porque a veces llueve demasiado o no hay lluvia”, puntualizó.

Desde hace mucho tiempo, los invocadores de lluvia africanos actúan como líderes espirituales en sus comunidades y realizan rituales para pedir a las deidades que traigan lluvia. No obstante, sus éxitos percibidos pueden generar expectativas enormes entre las comunidades agrícolas en muchas partes del África subsahariana. Ahora, son objeto de ataques más frecuentes por su supuesto fracaso al realizar su labor en medio de los trastornos del cambio climático. En los casos más extremos, mueren a manos de turbas.

“Hemos estado con esta gente y sí a veces han realizado (rituales) y hemos tenido lluvia”, contó Joseph Weyusya, uno de los líderes de Inzu ya Masaaba, una institución tradicional del pueblo bagisu del este de Uganda.

Pero a veces el clima no coopera.

“Cuando las lluvias se resisten, la gente se reúne en la aldea y empieza a buscarlos: ‘¿Por qué no tenemos lluvia?’”, agregó Weyusya. “Y la mayoría de las veces han golpeado a dichas personas hasta dejarlas casi al borde de la muerte”.

Muchos agricultores culpan a los invocadores de lluvia por sus desgracias. En Sudán del Sur, país que colinda con el norte de Uganda, al menos dos invocadores de lluvia han sido asesinados en los últimos dos años. En 2024, Solomon Oture fue enterrado vivo en la remota aldea montañosa de Lohobohobo durante un periodo de sequía. En junio, en una zona del sudeste que sufría una prolongada sequía, varios hombres secuestraron a un invocador de lluvia llamado Albino Lobillia y lo enterraron vivo, según relataron testigos.

“No había comida y los animales empezaron a morir en grandes cantidades debido a la sequía”, dijo Madelina Tito, pariente de Lobillia y líder local. “Celebraron reuniones y decidieron que debía morir porque, según ellos, se había negado a ordenar que lloviera”.

Un estudio publicado el año pasado en International Journal of Environment and Climate Change (Revista Internacional de Medio Ambiente y Cambio Climático) encontró que el número promedio de días de lluvia al año en la región de Kapoeta —colindante con la zona donde vivía Lobillia— había descendido, de 90 en la década de 1980, a 46 a mediados de la década de 2010, el periodo más reciente del que se dispuso de cifras. Y cuando la lluvia llega, a menudo lo hace de forma repentina e intensa.

“Las comunidades de las zonas más propensas a las inundaciones han pasado los últimos años alternando entre perder sus cultivos por las inundaciones y perderlos a causa de la sequía”, expuso Joris Gasper, investigador de la iniciativa REACH, una organización humanitaria que opera en Sudán del Sur.

Como era de esperar, muchos agricultores culpan a los invocadores de lluvia por sus desgracias. En Uganda, al igual que en Sudán del Sur, millones de personas dependen de la agricultura de subsistencia para alimentar a sus familias. El clima errático puede destruir los medios de vida, lo cual pone a los invocadores de lluvia en la mira debido a la percepción de incapacidad para cumplir con su labor.

La situación "empeora más y más”, dijo Matthew Oromo, funcionario gubernamental de la zona donde vivía Lobillia, al hablar de la violencia contra los invocadores. “La gente no es consciente de lo que está ocurriendo. No comprenden este tema del cambio climático”.

Aunque no se han registrado asesinatos de invocadores de lluvia ugandeses, algunos han sido agredidos e incluso denunciados ante las autoridades por presuntamente obtener dinero mediante promesas falsas.

Nabutsilili, de 45 años, contó que fue poseído por el espíritu invocador de la lluvia cuando tenía 14 años, edad a la que desarrolló heridas misteriosas en las piernas. Su primera tarea le fue encomendada por transportistas de col, quienes lo subieron a su camión y le pidieron que mantuviera alejada la lluvia. No llovió sobre ellos y se convirtió en el invocador de lluvia más fiable de su aldea —a pesar de que los erráticos patrones meteorológicos a veces lo desconcertaban tanto a él como a las personas a las que presta servicio—.

Si las cosas no salen bien —añadió—, es porque así lo quiere Dios. “En la vida siempre hay cosas que fallan”, expresó sobre la labor de hacer llover. “Eso no impide que lo intentemos de nuevo”.

Un intercambio que fomenta la violencia

A los hacedores de lluvia en Uganda se les puede consultar en sus hogares o en los bares que frecuentan. A quienes necesitan sus servicios se les exige pagar una tarifa que puede oscilar entre una suma simbólica de apenas 13 dólares y una cifra elevada de hasta 260 dólares —que es lo que se le pagó a Nabutsilili para impedir que lloviera el día que el presidente Yoweri Museveni visitó la región el año pasado durante su campaña para su reelección—. Y ese día no llovió.

Se dice que este tipo de intercambio contribuye a la violencia contra los invocadores de lluvia cuando se niegan a devolver el dinero tras lo que se percibe como un fracaso de su parte. A diferencia de los sacerdotes cristianos y los curanderos, quienes por lo general inspiran respeto, a los invocadores de lluvia en ocasiones se les considera personas malintencionadas que toman represalias contra comunidades enteras debido a disputas con sus vecinos.

“A veces, cuando ya has cultivado —como en esta temporada— y no llueve y les das dinero para que traigan la lluvia, traen una lluvia que destruye nuestros cultivos”, refirió el agricultor Paul Boyi.

Algunos habitantes de Namatsokha, la aldea de Nabutsilili, recordaron un incidente reciente en el que las obras de construcción se vieron obstaculizadas por una precipitación persistente que caía únicamente sobre ese sitio. Aparentemente, la lluvia cesó después de que pagaron a varios invocadores, lo que alimentó las sospechas de que ellos mismos la habían provocado deliberadamente.

Nabutsilili, quien camina descalzo a todas partes, es considerado ampliamente como alguien con la suficiente fuerza espiritual para invocar la lluvia sin necesidad de acudir a la cascada donde otros realizan sus rituales. Muchos manifestaron que su capacidad estaba fuera de toda duda.

No obstante, apenas en noviembre fue acusado de no cumplir con su labor y fue retenido en una aldea vecina debido a lluvias que interrumpieron una ceremonia importante. “Dijeron que devolviera el dinero porque no había cumplido con lo prometido”, dijo el testigo Isaac Watenga. Otros castigos incluyen obligar al invocador de lluvia a beber el agua fangosa que corre después de una precipitación.

Hay cuando menos cuatro invocadores de lluvia en Namatsokha, lo que a veces genera rivalidades que sólo pueden mitigarse cuando se unen en asociaciones. Como eso no siempre es posible, surge la competencia entre ellos y tratan de desacreditarse unos a otros, dijo Kilindon Simiyu, de 30 años, otro de los invocadores de la aldea.

“Puedes darme dinero para que detenga la lluvia. Entonces, un colega se entera de que me dieron dinero para detener la lluvia y el colega provoca que llueva”, añadió.

En una mañana reciente, Simiyu y Nabutsilili bajaron hasta la base de una cascada y parecieron orar mientras masticaban unas hierbas. Namatsokha llevaba muchas semanas sin recibir precipitaciones y muchos de los lugareños describieron este periodo como uno de los más secos que habían conocido. Algunos se mostraban escépticos mientras los hombres realizaban el ritual para invocar la lluvia.

“Tenemos dificultades porque, a veces, cuando se supone que debería llover, no llueve”, dijo Simiyu más tarde. “Así que usamos nuestros poderes para tratar de atraerla, pero no llega como solía hacerlo en aquellos tiempos”.

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Falzetta informó desde Nairobi, Kenia.

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La cobertura religiosa de The Associated Press recibe apoyo a través de la colaboración de la AP con The Conversation US, con financiamiento de Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de este contenido.